Una mordida al sol

 

En Mesoamérica, las culturas prehispánicas eligieron a la naturaleza como piedra angular de sus creencias. Algunas plantas y animales fueron venerados y dotados de poderío y habilidades mágicas; incluso, ciertos hombres poseían potestad sobre el resto de los habitantes debido a su calidad física o espiritual superior. El poder supremo, sin embargo, perteneció siempre a los astros, dioses implacables de fuerza destructora cuando no se les rendía culto y el debido respeto.

Por ello, para nuestros antepasados un fenómeno como el eclipse, que involucraba al Sol y a la Luna, era uno de los sucesos más aterrorizantes, pues la ausencia de estas fuerzas astrales no podía sino augurar la desdicha para sus pueblos. Las cosechas dejaban de ser fructíferas y las mujeres embarazadas temían que sus hijos nacieran deformes por haber sido expuestos a un Sol en agonía.

Una de las primeras explicaciones que se documentaron sobre la causa de un eclipse solar es mencionada en el Libro de Chilam Balam de Chumayel (1986, SEP, México), traducido por Antonio Médiz Bolio, en el que el fenómeno se atribuye a la profecía del Katún 11 ahua:

Y fue mordido el rostro del sol. Y se oscureció y apagó su rostro. Y entonces se apagaron arriba. ¡Se ha quemado!, ¡ha muerto nuestro Dios!, decían sus sacerdotes. Y empezaron a pensar en hacer una pintura de la figura del Sol, cuando tembló la tierra y vieron la Luna. Y entonces vinieron los dioses Escarabajos, los deshonestos, los que metieron el pecado entre nosotros, lo que eran el lodo de la tierra.

El temor de los hombres por la ausencia del Sol los llevó a querer reemplazarlo simbólicamente con una réplica pintada con sus manos, pues las fuerzas malignas, encarnadas por los Escarabajos, ponían en peligro al pueblo. Se sabe que, además del ritual en que se dibujaba el Sol, otro factor para combatir la oscuridad fue el ruido. Las danzas y los cantos espantaban a los Escarabajos y hacían que “destaparan” al astro mayor, concluyendo que esta técnica era exitosa, pues después de un lapso de sonido constante, los rayos del Sol iluminaban nuevamente la tierra.

Para los mayas, los seres del mal eran unas hormigas conocidas como Xulab, vocablo cuya raíz xul significa “acabar” o “fenecer”. El mito señala que las hormigas, conocidas por su dolorosa mordida, se organizaban en grandes colonias, se extendían sobre el Sol y lo dañaban. Otros grupos establecidos en Yucatán indican que el eclipse era nombrado chi’bil k’in, palabra cuya raíz (chi’bil) significa “mordedura”.

Un estudio antropológico realizado por Holmes Guiteras durante la segunda mitad del siglo XX afirmaba que para el pueblo de los tzotziles el eclipse era una enfermedad de Sol y Luna; su denominación, cha’k’ak’al cham significa “adolecer”. Poco después se reveló una versión aún más aterrorizante sobre el fenómeno solar: durante un eclipse, los chojchojotro (águilas o halcones) bajan a sacar los ojos a la gente. La gente cubría sus ojos con cera para evitar la cuita, pero los chojchojotro, que salían de los distintos puntos cardinales, aprovechaban la oscuridad para atacar a los humanos. Por si no bastara, además de la ceguera, cada uno de ellos llevaba una calamidad a cuestas, como el hambre o la fiebre.

Quichés, mochós y chortis fueron los encargados de propagar la creencia que dicta los males para las mujeres en gestación que se exponen a un eclipse. La tradición en estos pueblos afirma que aquella mujer expuesta al astro que muere, condena a su crío a nacer con deformidades como paladar hendido, labio leporino, mudez, cojera o hasta la carencia de una pierna, brazo o cualquier otra extremidad. Por supuesto, este grupo prehispánico pensó también en la panacea para evitar un final trágico: la colocación de un pañuelo rojo en la cintura, o bien, de metales como ganchos o clavos sobre el vientre.

Es claro que, para cada civilización que ha pisado la tierra, los astros se han posicionado como una fuerza imponente de la que la vida cotidiana depende para subsistir, pues siempre que la luz se apague, todos los seres malignos saldrán a jugar.

 

Imagen superior: Perro ladrando a la luna, Rufino Tamayo, 1942.

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