Los copistas: arte y memoria de la humanidad

De entre todas las definiciones que se le han adjudicado a los libros a lo largo de la historia, no podría haber una más acertada que la de Alberto Manguel al señalar que el libro es, entre muchas otras cosas, “un receptáculo de la memoria”. La escritura ha permitido que la memoria de la humanidad no perezca, además de que la ha vuelto accesible para la mayoría de las personas. Por supuesto, no siempre fue así; aunque la aparición de la imprenta abrió las puertas a una mayor circulación del texto escrito, durante años la labor de producir ejemplares idénticos de determinado libro estuvo a cargo de una figura poco conocida: el copista, escriba o amanuense.

Los primeros datos que se conocen sobre los escribas se presentan en la civilización egipcia, donde el copista pertenecía a una jerarquía privilegiada, pues era considerado una especie de artista dentro de la administración faraónica, dadas las características de la escritura que predominaba en el Nilo, basada en jeroglíficos. La concepción del escriba como artista fue eliminada en Grecia y Roma, donde a principios del siglo III a. C la demanda de documentos jurídicos y literarios creció, apareciendo con esto el oficio de librarius, aquel que empleaba a varios copistas para reunir los encargos de los señores; en ocasiones, los mismos dominus obligaban a sus esclavos a realizar las copias que requerían.

A partir de entonces, la figura del copista perdió relevancia, para recuperarla únicamente hasta llegar a la Edad Media, cuando el afán por recuperar textos antiguos con la mayor fidelidad posible hizo del copista un oficio requerido solo por unas pocas personas. No se trató nunca de un trabajo fácil; la meticulosidad de la labor exigía una disciplina férrea. Florencio, miniaturista de la Biblia visigótica de San Isidoro de León, anotaba hacia el año 960:

Quien no sabe escribir cree que esta labor no cuesta trabajo. Pues, para que te enteres, voy a detallarte lo que lleva consigo la profesión del copista: los ojos se vuelven cegatos, las espaldas crean joroba, las costillas se quiebran, el vientre se hincha, los riñones queman de dolor, y todo el cuerpo queda como apaleado. Por tanto, amigo lector, vuelve despacio los folios; no toques los renglones con los dedos, porque, como un turbión de granizo arrasa las cosechas, peor es el paso de un lector desaprensivo sobre códices y escrituras. La labor del copista es recreo para el lector: a este le enriquece la mente, pero a aquel le tritura los huesos.

Durante el siglo IX, en cada abadía y monasterio se tuvo a bien contar con un espacio conocido como scriptorium, un lugar específico donde se copiaban libros y códices. Calígrafos, iluminadores, miniaturistas y encuadernadores entregaban copias exactas de manuscritos protegidos y una vez más su trabajo fue categorizado como obra de arte. De esta forma, un copista experimentado realizaba dos o tres folios por día en promedio. Cada obra requería varios meses de trabajo, de modo que el precio de cada ejemplar era elevado y la posibilidad de adquirirlo era exclusiva para cortes y monasterios de otras regiones. Esta fue la época dorada de los copistas, pero también fue la última donde el gremio como tal tuvo una presencia importante en el mundo librero.

Hacia el siglo XV, con la llegada de la imprenta, gran parte del trabajo elaborado por los copistas fue eliminado. Las primeras imprentas rudimentarias producían cerca de 300 hojas por día, pero pronto la técnica se perfeccionó y los manuscritos originales cada vez fueron más raros, caros y poco factibles en su ejercicio.

Tras dicha revolución en los métodos para imprimir, reproducir y distribuir ejemplares de una manera más práctica y veloz, los procesos sufrieron cambios importantes de profesionalización que continúan su desarrollo aun en nuestros días, y tanto lectores como editores e impresores disfrutan las ventajas de la tecnología para desempeñar cada cual su papel en el mundo editorial, que no sería posible sin ese pasado de sacrificio, arte y valor.

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